
Relaciones entre profesores y alumnos
La única manera genuina y fecunda de promover el desarrollo personal en la escuela pasa por crear un ambiente de cordialidad y confianza que permita al educando sentirse aceptado, valorado y seguro. Toda relación magisterial debe tener en cuenta este elemental principio de comprensión, estimación y ayuda, que algunos han dado en llamar “eros pedagógico” o amor educativo, tomado aquí en su mejor sentido y en el que, por supuesto, no tienen cabida sus perversiones, (v. gr., el acoso sexual). Al abrigo del salón de clase crece la intimidad entre adultos y adolescentes o niños sin que tenga por qué corromperse su interacción. Lo nuclear en la relación educativa saludable es el afecto. Sin aceptación, respeto, consideración y cuidado de las personas, la formación queda interrumpida. Por su actualidad y potencia evocadora me permito citar la película “Los chicos del coro”, dirigida por Barratier, en la que se patentiza magistralmente que la educación pertenece al dominio del corazón. Las relaciones no son algo superfluo que la moda pedagógica reclama como vía para edulcorar la vida escolar. Ha de recordarse que la educación acontece gracias a las relaciones y orienta a las personas hacia la convivencia. Este elevado fin se torna escurridizo si antes no se ha practicado cotidianamente en las instituciones educativas. Así pues, la demanda de relaciones rigurosamente personales en la educación no responde al capricho o a la frivolidad, sino al hecho incontestable de que el educando necesita el encuentro interhumano profundo y auténtico para alcanzar su plenitud. Se sabe que durante la infancia, la privación escolar habitual de interacción personal sólida y bien trabada, probablemente dimanada de la inadecuación discursiva docente e institucional, empuja al niño hacia la soledad y el fracaso. Si el alumno no compensa esta insuficiencia con atmósfera familiar comprensiva y cálida el lastre puede acompañarle toda la vida. Las carencias relacionales continuas activan resortes defensivos que pueden oscilar entre la inhibición y la agresividad y que suponen un estrechamiento del repertorio comportamental. Este recorte de dilatación personal a veces se traduce en inseguridad, retraimiento, soledad, desconfianza, hostilidad, pesimismo y amargura.
La despersonalización escolar.
Un marco educativo poco propicio para la sintonía, la participación y el diálogo empuja fácilmente a los alumnos hacia la despersonalización, penoso proceso teñido de sentimientos de extrañeza, agobio y alejamiento. Los discapacitados, inmigrantes y escolares pertenecientes a minorías étnicas son algunos de los alumnos que más escollos se topan en el que puede ser un arduo camino por los recintos escolares. Un centro educativo desprovisto de calidez y hospitalidad impregna negativamente a los alumnos, los desvitaliza y achica. El espacio de encuentro y comunicación se transforma en desierto, en el que clama la voz del maestro ante un auditorio mortecino. Si no fuese por las poderosas corrientes despersonalizadoras que fluyen por la escuela y la sociedad hablar de “educación humanista” sería un pleonasmo. Sea como fuere, la adjetivación viene a enfatizar la idea de que en la educación verdadera hay que poner el corazón y aun el alma por delante. El lenguaje de las relaciones pertenece en gran medida al campo de los sentimientos. La afectividad es precisamente la que informa del vínculo educativo, pues permite perforar el caparazón de la individualidad para conectar con el otro (alter ego). La racionalización extrema degrada la educación y la convierte en actividad rutinaria, fría, gris, burocrática y estéril, despojada de sentido vital y trascendente.
Alianza pedagógica.
Nada tiene de raro que la calidad de la “alianza educativa” entre profesor y alumno sea un buen predictor del éxito educativo. La educación, de hecho, es un proceso de naturaleza relacional en el que el diálogo asume un papel fundamental tanto en la construcción de significados compartidos, como en la aproximación y el encuentro personal. Merced a este tipo de contacto humano se operan cambios positivos en el educando. Por eso un discurso docente unidireccional y unidimensional, a diferencia de la genuina comunicación plena de ida y vuelta, resulta tan pobre. La intersubjetividad en el aula es esencial. El mejor escenario para la formación y la transformación personal es el que ofrece un centro educativo animado (dotado de alma), impulsor de trabajo y en el que se cultivan las relaciones. La mala educación ignora a los alumnos, les arrebata la ilusión y los enyuga. Claro que pueden surgir problemas de comunicación, pero no por ello han de adoptarse actitudes fatalistas. Las tensiones y conflictos no deben convertir el aula en un “campo de batalla”. Las alteraciones graves del ambiente educativo requieren un abordaje de todo el claustro con el concurso de las familias. Ante las adversidades adquiere singular relevancia la postura comprensiva, empática y amistosa. Las dificultades en las relaciones constituyen oportunidades para reconducir el proceso a través de la receptividad, la negociación, la discusión guiada, la apertura a otros puntos de vista, la clarificación de malentendidos, etc. La constatación de que en algunos alumnos el fracaso escolar es consecuencia de deficiencias comunicativas con los profesores, invita a consignar que todo docente debe adquirir de modo teórico-práctico durante su período de formación una competencia social básica que le permita manejar y canalizar adecuadamente el acontecer relacional en el aula, sobre todo en etapas críticas y en escuelas multiculturales. No se trata, ni mucho menos, de que los profesores sean psicólogos, pero sí de que adquieran las habilidades comunicativas necesarias para desarrollar su labor en entornos heterogéneos y en situaciones eventualmente difíciles. La relación educativa es compleja, fluctuante, multidimensional, multidireccional, y potencialmente muy enriquecedora para todos los participantes. La interacción está condicionada por las características de profesores y alumnos (creencias, sentimientos, necesidades, circunstancias, etc.). La asimetría entre unos y otros no ha de llevar a situaciones surrealistas, como la de aquel niño del poema aleixandrino que ve en el alto y magno pupitre desdibujado el bulto grueso, casi de trapo, dormido y pusilánime del abolido maestro.
El papel del profesor.
El profesor ha de tener especial cuidado para no acomodarse en la posición de poder que le confiere su rol. Dejarse arrastrar por sentimientos de superioridad supone desenfocar la propia imagen y consiguientemente la de los alumnos, que definitivamente quedan instalados en posiciones inferiores. En estos casos, es posible que salga ganando el ego docente, pero se pierde en calidad relacional y formativa. La autoidealización responde sobre todo a la necesidad de compensar carencias personales. La máscara de arrogancia, orgullo y dominación aleja al profesor de sus alumnos. La inflación profesoral se acompaña de infravaloración de los escolares. Las relaciones educativas requieren la búsqueda de una distancia interpersonal óptima, variable según las situaciones e igualmente atenta a la necesidad de afiliación del alumno y a su proceso de individuación. Cualquier aproximación debe realizarse con tacto. La comunicación en el aula ha de ser instructiva y orientadora, cognitiva y emocional, es decir, total. De este modo, la relación educativa cumple la doble exigencia de enseñar y de dejar su huella en la personalidad del educando. No en vano, se comunica algo a alguien. En el fluir relacional en el aula al profesor corresponde desplegar cantidad y calidad de recursos comunicativos verbales y no verbales. Mi modelo pentadimensional para analizar el discurso docente, tal como queda descrito en esta misma tribuna (números 705 y 721), puede servir de referencia para la mejora de este trascendental aspecto. La adecuación y elaboración discursivas se tornan totalmente necesarias en las complejas situaciones educativas. La adopción de un discurso integral y sólido, atento a las vertientes instructiva, afectiva, motivadora, social y ética, se ha de extender, mutatis mutandis, a todo el cuerpo profesoral por sus beneficiosas consecuencias en la educación, especialmente sentidas en el rigor del lenguaje, en la viveza de las conversaciones, en la canalización de la afectividad, en la atracción de los mensajes docentes, en la proyección social y, cómo no, en el compromiso moral. El discurso facilita la regulación del aula, la presentación de nuevos contenidos, la preparación y estructuración de las clases, etc. Queda claro que en la práctica educativa la dimensión técnica debe conciliarse con la dimensión humana. El encuentro educativo es ante todo acontecimiento emocional, vivificador y profundo. Aunque siempre haya un componente de misterio o secreto en la educación el profesor está llamado a guiar al educando merced a su particular “ars educandi”. La desatención de una de sus vertientes deja la educación menguada. En la actualidad hay que tener especialmente en cuenta el sello cultural de las comunicaciones. También el registro discursivo específico de los jóvenes, no para sucumbir a él, sino para conocerlo y en lo posible facilitar el tránsito a un código más elaborado y académico.
Vocación y diálogo educativo.
El vínculo profesor-alumno no puede explicarse simple y exclusivamente como una relación laboral. El profesionalismo es esgrimido por docentes legalistas que, en observancia de sus contratos, encorsetan espacio-temporalmente la relación con el educando. Afortunadamente, hay normas que regulan las condiciones de trabajo, porque si no fuese así la educación se convertiría en terreno propicio para la germinación de abusos. La dedicación a la misión formativa ni ha de servir de coartada para la explotación del profesor ni debe confundirse con una mera actividad fabril y burocrática despojada de su núcleo humano. La falta de vocación y de disposición afectiva para la relación interpersonal a veces pretenden ocultarse bajo la capa de la rigidez horaria. Tampoco se trata en absoluto de primar la actitud docente paternalista, sino de reconocer el valor del encuentro interpersonal en todo proceso educativo, lo que supone adoptar una posición comprometida, democrática, dialogante, generosa, horizontal y bipolar, muy alejada de cualquier mecanicismo. Para que las relaciones educativas sean verdaderamente personalizadas es preciso que el profesor se gane a todos sus alumnos, uno a uno, desde la dedicación, el conocimiento y la cercanía. El alumno, durante largo tiempo silenciado, recupera la palabra a través del diálogo educativo. En esta atmósfera conversacional todos los actores, por chicos que sean, respiran aire puro, energizante y acrecentador de personalidad saludable. El príncipe de nuestras letras, Miguel de Cervantes, muestra en El Quijote (II, 12) la potencia educativa del diálogo, patentizada en la paulatina sapientización del leal y entrañable escudero Sancho Panza, tal como se aprecia en esta conversación:
“- Cada día, Sancho –dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple y más discreto.- Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced -respondió Sancho-; que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas vienen a dar buenos frutos: quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto espero de dar frutos de mí que sean de bendición, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuestra merced ha hecho en el agostado entendimiento mío”.
Valentín Martínez-Otero. Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía. Con la autorización de: http://comunidad-escolar.pntic.mec.es/
La única manera genuina y fecunda de promover el desarrollo personal en la escuela pasa por crear un ambiente de cordialidad y confianza que permita al educando sentirse aceptado, valorado y seguro. Toda relación magisterial debe tener en cuenta este elemental principio de comprensión, estimación y ayuda, que algunos han dado en llamar “eros pedagógico” o amor educativo, tomado aquí en su mejor sentido y en el que, por supuesto, no tienen cabida sus perversiones, (v. gr., el acoso sexual). Al abrigo del salón de clase crece la intimidad entre adultos y adolescentes o niños sin que tenga por qué corromperse su interacción. Lo nuclear en la relación educativa saludable es el afecto. Sin aceptación, respeto, consideración y cuidado de las personas, la formación queda interrumpida. Por su actualidad y potencia evocadora me permito citar la película “Los chicos del coro”, dirigida por Barratier, en la que se patentiza magistralmente que la educación pertenece al dominio del corazón. Las relaciones no son algo superfluo que la moda pedagógica reclama como vía para edulcorar la vida escolar. Ha de recordarse que la educación acontece gracias a las relaciones y orienta a las personas hacia la convivencia. Este elevado fin se torna escurridizo si antes no se ha practicado cotidianamente en las instituciones educativas. Así pues, la demanda de relaciones rigurosamente personales en la educación no responde al capricho o a la frivolidad, sino al hecho incontestable de que el educando necesita el encuentro interhumano profundo y auténtico para alcanzar su plenitud. Se sabe que durante la infancia, la privación escolar habitual de interacción personal sólida y bien trabada, probablemente dimanada de la inadecuación discursiva docente e institucional, empuja al niño hacia la soledad y el fracaso. Si el alumno no compensa esta insuficiencia con atmósfera familiar comprensiva y cálida el lastre puede acompañarle toda la vida. Las carencias relacionales continuas activan resortes defensivos que pueden oscilar entre la inhibición y la agresividad y que suponen un estrechamiento del repertorio comportamental. Este recorte de dilatación personal a veces se traduce en inseguridad, retraimiento, soledad, desconfianza, hostilidad, pesimismo y amargura.
La despersonalización escolar.
Un marco educativo poco propicio para la sintonía, la participación y el diálogo empuja fácilmente a los alumnos hacia la despersonalización, penoso proceso teñido de sentimientos de extrañeza, agobio y alejamiento. Los discapacitados, inmigrantes y escolares pertenecientes a minorías étnicas son algunos de los alumnos que más escollos se topan en el que puede ser un arduo camino por los recintos escolares. Un centro educativo desprovisto de calidez y hospitalidad impregna negativamente a los alumnos, los desvitaliza y achica. El espacio de encuentro y comunicación se transforma en desierto, en el que clama la voz del maestro ante un auditorio mortecino. Si no fuese por las poderosas corrientes despersonalizadoras que fluyen por la escuela y la sociedad hablar de “educación humanista” sería un pleonasmo. Sea como fuere, la adjetivación viene a enfatizar la idea de que en la educación verdadera hay que poner el corazón y aun el alma por delante. El lenguaje de las relaciones pertenece en gran medida al campo de los sentimientos. La afectividad es precisamente la que informa del vínculo educativo, pues permite perforar el caparazón de la individualidad para conectar con el otro (alter ego). La racionalización extrema degrada la educación y la convierte en actividad rutinaria, fría, gris, burocrática y estéril, despojada de sentido vital y trascendente.Alianza pedagógica.
Nada tiene de raro que la calidad de la “alianza educativa” entre profesor y alumno sea un buen predictor del éxito educativo. La educación, de hecho, es un proceso de naturaleza relacional en el que el diálogo asume un papel fundamental tanto en la construcción de significados compartidos, como en la aproximación y el encuentro personal. Merced a este tipo de contacto humano se operan cambios positivos en el educando. Por eso un discurso docente unidireccional y unidimensional, a diferencia de la genuina comunicación plena de ida y vuelta, resulta tan pobre. La intersubjetividad en el aula es esencial. El mejor escenario para la formación y la transformación personal es el que ofrece un centro educativo animado (dotado de alma), impulsor de trabajo y en el que se cultivan las relaciones. La mala educación ignora a los alumnos, les arrebata la ilusión y los enyuga. Claro que pueden surgir problemas de comunicación, pero no por ello han de adoptarse actitudes fatalistas. Las tensiones y conflictos no deben convertir el aula en un “campo de batalla”. Las alteraciones graves del ambiente educativo requieren un abordaje de todo el claustro con el concurso de las familias. Ante las adversidades adquiere singular relevancia la postura comprensiva, empática y amistosa. Las dificultades en las relaciones constituyen oportunidades para reconducir el proceso a través de la receptividad, la negociación, la discusión guiada, la apertura a otros puntos de vista, la clarificación de malentendidos, etc. La constatación de que en algunos alumnos el fracaso escolar es consecuencia de deficiencias comunicativas con los profesores, invita a consignar que todo docente debe adquirir de modo teórico-práctico durante su período de formación una competencia social básica que le permita manejar y canalizar adecuadamente el acontecer relacional en el aula, sobre todo en etapas críticas y en escuelas multiculturales. No se trata, ni mucho menos, de que los profesores sean psicólogos, pero sí de que adquieran las habilidades comunicativas necesarias para desarrollar su labor en entornos heterogéneos y en situaciones eventualmente difíciles. La relación educativa es compleja, fluctuante, multidimensional, multidireccional, y potencialmente muy enriquecedora para todos los participantes. La interacción está condicionada por las características de profesores y alumnos (creencias, sentimientos, necesidades, circunstancias, etc.). La asimetría entre unos y otros no ha de llevar a situaciones surrealistas, como la de aquel niño del poema aleixandrino que ve en el alto y magno pupitre desdibujado el bulto grueso, casi de trapo, dormido y pusilánime del abolido maestro.
El papel del profesor.
El profesor ha de tener especial cuidado para no acomodarse en la posición de poder que le confiere su rol. Dejarse arrastrar por sentimientos de superioridad supone desenfocar la propia imagen y consiguientemente la de los alumnos, que definitivamente quedan instalados en posiciones inferiores. En estos casos, es posible que salga ganando el ego docente, pero se pierde en calidad relacional y formativa. La autoidealización responde sobre todo a la necesidad de compensar carencias personales. La máscara de arrogancia, orgullo y dominación aleja al profesor de sus alumnos. La inflación profesoral se acompaña de infravaloración de los escolares. Las relaciones educativas requieren la búsqueda de una distancia interpersonal óptima, variable según las situaciones e igualmente atenta a la necesidad de afiliación del alumno y a su proceso de individuación. Cualquier aproximación debe realizarse con tacto. La comunicación en el aula ha de ser instructiva y orientadora, cognitiva y emocional, es decir, total. De este modo, la relación educativa cumple la doble exigencia de enseñar y de dejar su huella en la personalidad del educando. No en vano, se comunica algo a alguien. En el fluir relacional en el aula al profesor corresponde desplegar cantidad y calidad de recursos comunicativos verbales y no verbales. Mi modelo pentadimensional para analizar el discurso docente, tal como queda descrito en esta misma tribuna (números 705 y 721), puede servir de referencia para la mejora de este trascendental aspecto. La adecuación y elaboración discursivas se tornan totalmente necesarias en las complejas situaciones educativas. La adopción de un discurso integral y sólido, atento a las vertientes instructiva, afectiva, motivadora, social y ética, se ha de extender, mutatis mutandis, a todo el cuerpo profesoral por sus beneficiosas consecuencias en la educación, especialmente sentidas en el rigor del lenguaje, en la viveza de las conversaciones, en la canalización de la afectividad, en la atracción de los mensajes docentes, en la proyección social y, cómo no, en el compromiso moral. El discurso facilita la regulación del aula, la presentación de nuevos contenidos, la preparación y estructuración de las clases, etc. Queda claro que en la práctica educativa la dimensión técnica debe conciliarse con la dimensión humana. El encuentro educativo es ante todo acontecimiento emocional, vivificador y profundo. Aunque siempre haya un componente de misterio o secreto en la educación el profesor está llamado a guiar al educando merced a su particular “ars educandi”. La desatención de una de sus vertientes deja la educación menguada. En la actualidad hay que tener especialmente en cuenta el sello cultural de las comunicaciones. También el registro discursivo específico de los jóvenes, no para sucumbir a él, sino para conocerlo y en lo posible facilitar el tránsito a un código más elaborado y académico.Vocación y diálogo educativo.
El vínculo profesor-alumno no puede explicarse simple y exclusivamente como una relación laboral. El profesionalismo es esgrimido por docentes legalistas que, en observancia de sus contratos, encorsetan espacio-temporalmente la relación con el educando. Afortunadamente, hay normas que regulan las condiciones de trabajo, porque si no fuese así la educación se convertiría en terreno propicio para la germinación de abusos. La dedicación a la misión formativa ni ha de servir de coartada para la explotación del profesor ni debe confundirse con una mera actividad fabril y burocrática despojada de su núcleo humano. La falta de vocación y de disposición afectiva para la relación interpersonal a veces pretenden ocultarse bajo la capa de la rigidez horaria. Tampoco se trata en absoluto de primar la actitud docente paternalista, sino de reconocer el valor del encuentro interpersonal en todo proceso educativo, lo que supone adoptar una posición comprometida, democrática, dialogante, generosa, horizontal y bipolar, muy alejada de cualquier mecanicismo. Para que las relaciones educativas sean verdaderamente personalizadas es preciso que el profesor se gane a todos sus alumnos, uno a uno, desde la dedicación, el conocimiento y la cercanía. El alumno, durante largo tiempo silenciado, recupera la palabra a través del diálogo educativo. En esta atmósfera conversacional todos los actores, por chicos que sean, respiran aire puro, energizante y acrecentador de personalidad saludable. El príncipe de nuestras letras, Miguel de Cervantes, muestra en El Quijote (II, 12) la potencia educativa del diálogo, patentizada en la paulatina sapientización del leal y entrañable escudero Sancho Panza, tal como se aprecia en esta conversación:“- Cada día, Sancho –dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple y más discreto.- Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced -respondió Sancho-; que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas vienen a dar buenos frutos: quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto espero de dar frutos de mí que sean de bendición, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuestra merced ha hecho en el agostado entendimiento mío”.
Valentín Martínez-Otero. Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía. Con la autorización de: http://comunidad-escolar.pntic.mec.es/
Análisis artículo “Relaciones entre profesores y alumnos”
El autor plantea que será determinante en el desarrollo del alumno, una relación de éste con el profesor, basada en el respeto, el afecto y la cordialidad, lo que dará paso a un alumno que se sienta aceptado, valorado y seguro.
Lo que dice el autor tiene gran relevancia también en aquello a que hacía referencia el profesor en cuanto al enfoque edumétrico, el cual tiene como eje fundamental el respeto a la particular forma de aprender que tendrá cada alumno, lo cual demuestra que los principios que plantea el autor son transversales tanto al desarrollo personal del alumno como al éxito académico.
Cuantas veces nuestro proceso educativo y personal se ha visto profundamente afectado por la mala relación que existe entre el profesor y sus alumnos. En mi opinión, esto ocurre fundamentalmente producto de que en ocasiones se ha visto desvirtuada, con el paso del tiempo, la decisión que inicialmente llevó a ese profesor a tomar la decisión de formarse como tal, y que dicha decisión se fue transformando, derivando, en el afán de desplegar todo el amplio conocimiento que tiene respecto de una determinada área y que ve el aula de clases como el escenario ideal para hacerlo, perdiendo así el norte de todo buen educador que es la conciencia de estar allí con un único objetivo, que es el de lograr el aprendizaje del alumno y por añadidura seguir él aprendiendo y enriqueciéndose.
Cuando el ambiente educativo carece de la calidez y hospitalidad a que hace referencia el autor, el alumno propenderá a alejarse, aislarse, dando paso al fenómeno de despersonalización, donde obviamente la relación alumno-profesor se verá profundamente afectada produciéndose una “comunicación”, más bien un diálogo unidireccional, donde el profesor transmite sus conocimientos sin recibir respuesta por parte del alumno que se encuentra desvitalizado, con la actitud pasiva que en nada ayuda al momento de aprender.
Mi experiencia personal es pertinente a la problemática que expone el autor, pues he presenciado en primera persona este choque de intereses que se produce en cierta asignatura donde no queda claro el móvil del profesor para dar clases, más bien se advierte un deje de pedantería que no hace sino alejar e inhibir al alumno, no logrando por tanto el aprendizaje ni menos la reflexión.
Asumo ésta poca claridad respecto de las motivaciones del docente para encontrarse en el aula de clases, como responsabilidad exclusiva de las instituciones que imparten la pedagogía, donde debiera ser requisito excluyente la aprobación de alguna herramienta que mida la capacidad y la motivación de una persona determinada para formarse como profesor. De esta forma, con un paso tan sencillo, aunque entiendo que costoso, incidirá directamente en la calidad del potencial docente.
Algunos profesores se refieren al fracaso escolar, como producto de los recursos deficientes que tienen para el desarrollo de su actividad, sin embargo, es pertinente hacer referencia a aquello que planteaba el profesor en clases, respecto de la diferencia que existe en los resultados académicos entre establecimientos que trabajan con los mismos recursos, lo cual demuestra que cuando el ejercicio pedagógico es realizado con el afecto del que hace mención el autor, el logro de las expectativas estará en gran medida sujeto a la entrega del profesor y a que “la educación pertenece al dominio del corazón” , esa actitud, lo digo como alumna, se percibe y se agradece.
El ejercicio pedagógico, es posible gracias a esta relación directa, presencial, verbal y hondamente humana que se da idealmente entre alumno y profesor, por lo que una relación que carezca de estos factores dará como resultado una mala educación.
Para la Antropología Filosófica, el sujeto fundamental de la educación es el hombre, es decir, la persona humana, por cuanto, aquello que plantea el autor adquiere un matiz de carácter fundamental en la base que define a la Educación.
En palabras de I. Kant, “el hombre sólo por la educación llega a ser persona”; tomando al ser humano como eje central de la educación, y reconociendo la capacidad comunicativa que este tiene, la relación basada en el respeto mutuo y propiciando un ambiente de cordialidad y confianza, es para mi el principio transversal a la educación de calidad.
En ocasiones, me queda la vaga sensación, que muchas personas que se dedican a estudiar las ciencias de la educación, y corresponde obviamente y es positivo y enriquecedor que exista una amplia gama teórica que sustente la práctica pedagógica, se entregan a unos estudios complicadísimos que intentan dilucidar los factores que determinan la buena o mala educación, implementando nuevas técnicas, reformas, enfoques, etc. Sin embargo, creo fehacientemente que gran parte del éxito académico y personal estará dado en gran medida por el tipo de relación que sea capaz de establecer el profesor respecto de sus alumnos, y que a partir de esta relación, el profesor tenga las competencias necesarias para lograr sacar lo mejor de sus alumnos, y por qué no decirlo, también de sí.
Mis amigas profesoras, ya integradas al sistema educativo chileno, comentan quejumbrosamente que los directivos y/o sostenedores de los establecimientos a que pertenecen, no las dejan realizar a cabalidad su actividad, la cual está sujeta a factores económicos que coartan lo que ellas quisieran llegar a entregar, sin embargo, me pregunto, desde mi inexperiencia e idealismo quizás, no es acaso el aula de clases, TÚ lugar exclusivo de trabajo, donde puedes explorar y enseñar y ser la única conductora de ese momento específico de aprendizaje, imponiéndote como desafío personal, no sólo enseñar contenidos, sino lograr que desde esos contenidos los alumnos sean capaces de reflexionar, de pensar por sí mismos, de formarse en definitiva cada día en personas más autónomas.
Sé que un profesor debe regirse por los planes y programas que establece el gobierno, sin embargo, pienso que el docente siempre tendrá, en la medida de su interés, de su entrega, de esa convicción que lo llevó a ser profesor, ese espacio íntimo, si queremos llamarlo de alguna forma, que le permitirá aportar de manera exitosa en la formación personal de sus alumnos y que por añadidura determinará también la plenitud y realización personal y profesional del profesor.
El autor plantea que será determinante en el desarrollo del alumno, una relación de éste con el profesor, basada en el respeto, el afecto y la cordialidad, lo que dará paso a un alumno que se sienta aceptado, valorado y seguro.Lo que dice el autor tiene gran relevancia también en aquello a que hacía referencia el profesor en cuanto al enfoque edumétrico, el cual tiene como eje fundamental el respeto a la particular forma de aprender que tendrá cada alumno, lo cual demuestra que los principios que plantea el autor son transversales tanto al desarrollo personal del alumno como al éxito académico.
Cuantas veces nuestro proceso educativo y personal se ha visto profundamente afectado por la mala relación que existe entre el profesor y sus alumnos. En mi opinión, esto ocurre fundamentalmente producto de que en ocasiones se ha visto desvirtuada, con el paso del tiempo, la decisión que inicialmente llevó a ese profesor a tomar la decisión de formarse como tal, y que dicha decisión se fue transformando, derivando, en el afán de desplegar todo el amplio conocimiento que tiene respecto de una determinada área y que ve el aula de clases como el escenario ideal para hacerlo, perdiendo así el norte de todo buen educador que es la conciencia de estar allí con un único objetivo, que es el de lograr el aprendizaje del alumno y por añadidura seguir él aprendiendo y enriqueciéndose.
Cuando el ambiente educativo carece de la calidez y hospitalidad a que hace referencia el autor, el alumno propenderá a alejarse, aislarse, dando paso al fenómeno de despersonalización, donde obviamente la relación alumno-profesor se verá profundamente afectada produciéndose una “comunicación”, más bien un diálogo unidireccional, donde el profesor transmite sus conocimientos sin recibir respuesta por parte del alumno que se encuentra desvitalizado, con la actitud pasiva que en nada ayuda al momento de aprender.
Mi experiencia personal es pertinente a la problemática que expone el autor, pues he presenciado en primera persona este choque de intereses que se produce en cierta asignatura donde no queda claro el móvil del profesor para dar clases, más bien se advierte un deje de pedantería que no hace sino alejar e inhibir al alumno, no logrando por tanto el aprendizaje ni menos la reflexión.
Asumo ésta poca claridad respecto de las motivaciones del docente para encontrarse en el aula de clases, como responsabilidad exclusiva de las instituciones que imparten la pedagogía, donde debiera ser requisito excluyente la aprobación de alguna herramienta que mida la capacidad y la motivación de una persona determinada para formarse como profesor. De esta forma, con un paso tan sencillo, aunque entiendo que costoso, incidirá directamente en la calidad del potencial docente.
Algunos profesores se refieren al fracaso escolar, como producto de los recursos deficientes que tienen para el desarrollo de su actividad, sin embargo, es pertinente hacer referencia a aquello que planteaba el profesor en clases, respecto de la diferencia que existe en los resultados académicos entre establecimientos que trabajan con los mismos recursos, lo cual demuestra que cuando el ejercicio pedagógico es realizado con el afecto del que hace mención el autor, el logro de las expectativas estará en gran medida sujeto a la entrega del profesor y a que “la educación pertenece al dominio del corazón” , esa actitud, lo digo como alumna, se percibe y se agradece.
El ejercicio pedagógico, es posible gracias a esta relación directa, presencial, verbal y hondamente humana que se da idealmente entre alumno y profesor, por lo que una relación que carezca de estos factores dará como resultado una mala educación.
Para la Antropología Filosófica, el sujeto fundamental de la educación es el hombre, es decir, la persona humana, por cuanto, aquello que plantea el autor adquiere un matiz de carácter fundamental en la base que define a la Educación.
En palabras de I. Kant, “el hombre sólo por la educación llega a ser persona”; tomando al ser humano como eje central de la educación, y reconociendo la capacidad comunicativa que este tiene, la relación basada en el respeto mutuo y propiciando un ambiente de cordialidad y confianza, es para mi el principio transversal a la educación de calidad.
En ocasiones, me queda la vaga sensación, que muchas personas que se dedican a estudiar las ciencias de la educación, y corresponde obviamente y es positivo y enriquecedor que exista una amplia gama teórica que sustente la práctica pedagógica, se entregan a unos estudios complicadísimos que intentan dilucidar los factores que determinan la buena o mala educación, implementando nuevas técnicas, reformas, enfoques, etc. Sin embargo, creo fehacientemente que gran parte del éxito académico y personal estará dado en gran medida por el tipo de relación que sea capaz de establecer el profesor respecto de sus alumnos, y que a partir de esta relación, el profesor tenga las competencias necesarias para lograr sacar lo mejor de sus alumnos, y por qué no decirlo, también de sí.
Mis amigas profesoras, ya integradas al sistema educativo chileno, comentan quejumbrosamente que los directivos y/o sostenedores de los establecimientos a que pertenecen, no las dejan realizar a cabalidad su actividad, la cual está sujeta a factores económicos que coartan lo que ellas quisieran llegar a entregar, sin embargo, me pregunto, desde mi inexperiencia e idealismo quizás, no es acaso el aula de clases, TÚ lugar exclusivo de trabajo, donde puedes explorar y enseñar y ser la única conductora de ese momento específico de aprendizaje, imponiéndote como desafío personal, no sólo enseñar contenidos, sino lograr que desde esos contenidos los alumnos sean capaces de reflexionar, de pensar por sí mismos, de formarse en definitiva cada día en personas más autónomas.
Sé que un profesor debe regirse por los planes y programas que establece el gobierno, sin embargo, pienso que el docente siempre tendrá, en la medida de su interés, de su entrega, de esa convicción que lo llevó a ser profesor, ese espacio íntimo, si queremos llamarlo de alguna forma, que le permitirá aportar de manera exitosa en la formación personal de sus alumnos y que por añadidura determinará también la plenitud y realización personal y profesional del profesor.

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